
En nuestro mundo de tierras explotadas y en riesgo, mares contaminados y en riesgo, especies en extinción y en riesgo, aire enviciado y en riesgo, los recursos humanos quedan aún por descubrirse. No digo los RRHH necesariamente, sino los talentos, riquezas y tesoros enterrados en nuestro potencial humano.
De eso fui testigo cuando un mail se unió a mis ganas de cerrar el fin de semana largo de abril, acompañada por la bella música clásica. Fue entonces que participé de una gozosa experiencia: ‘Concierto de Pascuas’ a cargo de una orquesta juvenil.
A pesar de que noté inmediatamente la juventud musical en el sonido, hubo algo que me conmovió como si se tratara de música de maestros. Las riquezas humanas a la vista, o al oído, o al corazón. En realidad mi cuerpo todo se despertó.
El potencial del sonido, el potencial del director, el potencial de esos jóvenes que en su debut y con pocos meses de ensayo lograban desafiar cualquier obstáculo a la hora de decir: “esto somos, y éste es el resultado de nuestra disciplina, esfuerzo y espíritu de equipo”.
A veces desafinaban. Raro en mí: no me importó. Y no era que los perdonara porque algún familiar mío estuviese entre los integrantes. No, no conocía a nadie. Ni de la orquesta, ni de la iglesia que generosamente abrió sus puertas para que el espectáculo pudiera brindarse.
Gracias a las palabras de presentación del joven director supe que al principio, los viejos miedos dicen ‘no’, los obstáculos se imponen, la resistencia dice ‘esto no va a funcionar’; pero la motivación y la intención determinante de vivir y trabajar de un modo que realmente valga la pena, arremeten contra viento y marea.
De esto trata el potencial. No necesariamente es algo en lo que somos buenos. No necesariamente es algo que nos sale fácil. Cuando el potencial se expresa impacta sobre la vista: hace que los ojos te brillen.
Algunos de Uds. se estarán preguntando: “¿cómo es esto de que el potencial no es necesariamente algo en lo que somos buenos?” Detengámonos por un momento en esta idea.
Conozco una joven estudiante de flauta transversa que desde niña desafina bastante al cantar. Esto hace de la flauta un instrumento no aconsejable para ella ya que la precisión de cada nota se busca, en parte, cantando internamente su sonido. Sin embargo, ella adora ese instrumento y tuvo la suerte de contar con padres y maestros que la alentaron a trabajar mucho y practicar ejercicios específicos que consiguieron mejorar el desarrollo de su afinación y de la búsqueda del sonido. ¿Tiene ella el potencial de ser flautista, a pesar de que aparentemente no ‘tiene condiciones’ para la música? ¿Por qué no? Probablemente no se dedique a ser concertista, pero las posibilidades de expresarse y trabajar utilizando ese instrumento que tanto le gusta son enormes. Sobre todo por su interés, gusto, amor y dedicación. ¿Por qué considerar que sólo se posee el potencial de ser bueno en algo en lo que ya se es bueno, o que resulta fácil? ¿No sería mejor para el desarrollo de nuestro potencial que empezáramos siguiendo las señales de lo que nos gusta, de lo que no da placer, de lo que nos hace brillar los ojos, aunque no seamos necesariamente buenos en eso?
Los caminos para crecer empiezan siempre en contacto con lo que amamos – aunque inicialmente eso nos de trabajo.
No es raro que si de jóvenes fuimos desalentados en nuestro aprendizaje dentro de cierto campo científico o artístico, hoy sintamos que no somos buenos en eso. ¿Cómo saberlo, si nunca tuvimos la oportunidad de probarlo, de saborearlo, de experimentarlo con libertad? Si fuimos desalentados desde el inicio, la confianza interna que necesitábamos para seguir se debilita o se bloquea, y entonces ya adolescentes o adultos, llegamos a la falsa conclusión de que no somos suficientemente buenos o talentosos en eso.
Aunque ahora somos grandes, y ya hemos dejado atrás esa época exploradora de la niñez y adolescencia, siempre hay modo de volver a entrar en contacto con nuestro potencial. Quizás la pregunta de la niñez: “¿qué te gustaría ser cuando seas grande?” Hoy se transforme en: “¿qué es lo que más te gusta?” “¿qué es lo que más te importa?” El contacto con eso, es lo que te hará brillar los ojos. Si no eres bueno en eso, puede que algo se haya bloqueado debido a que alguien no lo consideró bueno para ti, y entonces nunca te hayas dado el tiempo y el espacio para acercarte más en profundidad a eso que ‘te llama’.
Entonces, volviendo al tema del concierto de Pascuas; ahí estaba siendo testigo de la puesta en escena de una prueba mayúscula. Un concierto que tomó forma bajo la presión de un plazo cierto. Todos encarnando y dando forma a una visión, usando los tiempos escasos para estudiar, ensayar y hacer que todo sea lo mejor. Lo mejor que se puede, en el mejor sentido.
A último momento alguien se enfermó, y más obstáculos surgieron. Gracias a ellos –enfrentándolos- los músicos se fortalecieron, individualmente y como equipo. Pero alguien se puso negativo: ‘Mejor – pensó guiado por el miedo - ya no lo tenemos que hacer’. Y el director con calma habrá dicho: ‘Vamos desde el la’- sosteniendo firme y amablemente la batuta, para la consecución de la meta.
El resultado final de este comienzo prometedor es mucha felicidad. También amor. Pero esta palabra no se utiliza mucho en una oficina, o fuera de la iglesia o en una orquesta. El potencial humano no tiene límites y la música es un fin tan noble y mágico… Embellecer el mundo, llenando el espacio de sonidos jóvenes que crecen, inspirados por su primer logro todos juntos.
Y la felicidad – que ahora tímidamente empieza a tener un espacio en la literatura del management- es infinita. Alguien inspirado por una visión contagiosa multiplica impulsos de vida que laten, pulsando el potencial prometedor del ser humano. Al público también le brillan los ojos.
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El tema del potencial humano ofrece una sabrosa y única esperanza, frente al desaliento cotidiano. Cuando personas o equipos logran resultados extraordinarios todos nos emocionamos, porque esos logros nos conectan con la esperanza de nuestro propio potencial. ¿Qué pasa cuando la semilla de ese potencial detiene su crecimiento? ¿Qué pasa cuando abandonamos aquello que ‘nos llama’, aquello que nos nutre, aquello que amamos? Los ojos se secan, la mirada pierde brillo y vamos tristes y apagados por la vida haciendo lo que “se debe”.
Los ejemplos están muy cerca de cada uno de nosotros. Todos poseemos tesoros inexplorados que dejamos marchitar sin cuidado. Todos renacemos a la vida cuando excavamos y sacamos a la luz lo que se encontraba dormido. Cuentan que la labor de Miguel Ángel era la de quitarle al bloque de mármol lo que éste “tenía de más”. A medida que su trabajo avanzaba, la figura contenida, emergía. La forma ya estaba oculta en la piedra, el decía.
Como seres humanos tenemos una ardua y valiosa tarea que bien vale la pena iniciar para transformar nuestro trabajo –y lo que somos (que es lo mismo)- en la posibilidad liberadora de sentirnos completos, asomando del mármol.
Quizás tu trabajo actual quedó muy lejos de esa motivación inicial que tuviste al tomarlo, o quizás las circunstancias prometedoras del inicio se hayan ido desvaneciendo. ¿Quién, sino tu mismo, podría tomar la responsabilidad de recuperar el brillo en tus ojos?