Hace unos meses se me ocurrió introducir, como disparador de un Taller in- company sobre Stress, una frase que a mí misma me había resultado sumamente inspiradora. La misma, tomada del libro ‘Éxito Inteligente’ del lama Tarthang Tulku decía: “así como es natural para un niño jugar, así de natural es para un adulto trabajar”. Simple y directa aborda sin vueltas el concepto del trabajo.
Nunca medí las consecuencias del efecto que iría a tener sobre este grupo de gerentes, adultos por cierto. Estuve varios días desenmarañando los motivos del enojo y la indignación que desató la frase. Entre las cosas que me decían recuerdo:
… bueno, eso podrá ser en Oriente, pero no en este país…
…para mi la vida tiene otras cosas además de trabajar…
… para mí el trabajo es solo algo que hago para poder hacer otras cosas…
… todo bien con el trabajo, pero no es lo único…
… eso suena muy lindo pero acá no se cumple…
… te juro que si yo gano la lotería no trabajo nunca más….
Mientras ellos explicaban sus motivos para rechazar rotundamente y con sorna ‘mi’ frase, yo intentaba comprender cual era el nudo de esa negativa tan terca que impedía que acepten mi invitación a contemplar el trabajo como algo natural al ser humano adulto. ¿De donde provenía ese freno tan fuerte a considerar simplemente al trabajo como algo ‘natural’? ¿Qué era lo que los afectaba tanto? ¿De qué estábamos hablando realmente? ¿Por qué insistían de modo implacable, una y otra vez con que el trabajo no era todo en sus vidas? ¿Y qué si lo fuera? ¿Trabajando menos podríamos ser más felices? ¿Cuánto nos duraría? ¿Por qué en muchos casos la jubilación no trae la felicidad esperada? ¿Por qué tantas veces no podemos disfrutar las vacaciones? ¿O los fines de semana? ¿Qué hace que no podamos llevar vidas más plenas? ¿Por qué negar que el trabajo podría ser fuente de mucha más alegría?
Como cultura y a lo largo de los últimos cien años hemos aceptado una manera dividida de vivir y trabajar que nos ha llevado a oponernos al trabajo. Esta separación es una de las fuente del stress que hace que confundidos no podamos vivir con toda alegría y vitalidad el hecho mismo que trabajar conlleva.
Me es frecuente escuchar frases como ‘tienes que elegir el trabajo que realmente te gusta’ implicando la idea de que todos podríamos – en teoría- cambiar y elegir; y por supuesto que acuerdo con la libertad de elección y de cambiar de trabajo. Y claro que comprendo que hay entornos opresivos y enfermantes de los cuales es conveniente huir. Pero existe una confusión sutil. El riesgo de estas propuestas es pasar por alto la exploración de las actuales circunstancias, y el mirar con honestidad cual es nuestra implicación en las condiciones presentes. No necesitamos esperar a conseguir un mejor trabajo para ser felices en el futuro, ya que cada día volvemos a tener la oportunidad de elegir qué queremos hacer con lo que nos pasa en el trabajo actual y preguntarnos si lo que hacemos, ayuda al bienestar nuestro y al de los que nos rodean.
Cuando podemos mirar el trabajo que hacemos actualmente, y sin esperar que las condiciones cambien, hacernos ‘manos a la obra’ para incluirnos y participar en el trabajo ya mismo, integramos inmediatamente la vida en el trabajo y el trabajo en la vida. Hemos generado un paradigma muy potente que separa cosas que en realidad no están separadas; y esto nos lleva a vivir en un mundo fragmentado de ‘trabajar + vivir’. O trabajar para vivir, que es lo mismo.
Cuando algo nos muestra la unión natural del trabajo con nuestras vidas y aunque sea por un instante accedemos a la verdad de esa promesa, sentimos el enorme dolor y frustración que nos causa el vivir fragmentados. Si nos ponemos en espera durante el trabajo, partimos en dos nuestra preciosa vida manteniendo a raya el trabajo y la vida personal. El concepto de felicidad y trabajo trata de unir lo que naturalmente pide a gritos volver a estar junto.
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